San Ti

Ahorrémonos la introducción bonita y definamos el ritual de la frustración: Dícese de toda aquella exteriorización corporal mediante gestos, movimientos o actitudes generadas a partir de una incapacidad para asimilar, resolver o ejecutar una acción.
Bien, si hacemos un cálculo, esto nos sucede en aproximadamente un 98 por ciento de nuestro día y muchas veces este ritual de frustración nos ocupa mucho espacio y nunca nos lleva a nada productivo. Por ejemplo:
1) Tocar una complicada obra de Chopin en el piano y equivocarse en una notita, detener la ejecución para golpear furioso el piano con los puños no me va a ayudar de mucho en el medio de un concierto.
2) Tratar de aprender un movimiento nuevo y no entenderlo, entonces pararse y patalear o hacer pucheritos no va a sumar en nada y muy probablemente haga enfurecer al profesor de turno.
3) En la cola del banco, un verdadero plomazo. La fila no avanza hace, calor y nos ponemos a bufar y a quejarnos como si eso fuera a cambiar algo. Sí, lo único que va a cambiar es el humor de los otros pobres diablos que están en la fila, que ahora además de aguantar la espera nos tienen que aguantar a nosotros con nuestras quejas.
Luego están todos esos rituales exacerbados, como pueden ser golpear con nuestro puño a una pared para terminar lastimándonos las manos, o introducir el teclado por la pantalla del monitor como si fuera una lanza sagrada.
En resumen: el ritual de la frustración nos hace perder el tiempo a nosotros, a los demás y muchas veces nos termina lastimando. Cuando estamos aprendiendo nos vamos a equivocar, eso es algo indefectible y a veces inevitable. En cambio, el ritual de la frustración es totalmente evitable, así que sería una buena idea tratar de erradicarlo ¿no?